Perder a Prakya me enseñó a amar el mundo

Kiran Malige, de EE. UU., relata cómo atravesó el duelo y encontró la manera de seguir adelante con valor y determinación, guiado por el amor hacia la hija que perdió trágicamente y por su práctica budista.
Al día siguiente, nuestra casa se llenó de visitas que acudían para confirmar por sí mismas la noticia. Desde la mañana hasta la noche fueron llegando amigos, vecinos, familiares, niños… entraban en casa muchas personas y se agolpaban hasta en el jardín. Agradecíamos esa compañía –de hecho, la necesitábamos– y, sin embargo, a mí me producía una profunda inquietud. Mientras hablaba con una persona tras otra, empecé a sentir que era el único que no conseguía hacer el duelo. Mi mente, presa de la ansiedad, saltaba de un pensamiento a otro sin cesar.
Supe que, si me entregaba al dolor, me derrumbaría. La necesidad de planificar un futuro se volvía más acuciante, y sentía que me desmoronaba.
Apenas un día antes, el 12 de junio de 2015, mi hija de cuatro años, Prakya, se había despertado con nosotros y había ido con su madre y su hermano a una piscina pública. Yo había salido antes y estaba en el trabajo cuando, poco después del mediodía, recibí una llamada de mi esposa, desesperada: Prakya se había perdido de vista unos instantes en la piscina; había dejado de respirar y no conseguían que recobrara el conocimiento. Para el atardecer, los médicos confirmaron el fallecimiento de nuestra hija.
Mientras conversaba con nuestras visitas –curiosas, desconcertadas y afligidas– sentí cómo un escalofrío se expandía por dentro. Supe que, si me entregaba al dolor, me derrumbaría. Por instinto, mi mente se aferró a los hechos concretos y a la realidad: aquello con lo que se hacen los planes. El problema era que no había nada para aferrarme; no teníamos ni el certificado de defunción ni el cuerpo de nuestra hija. No podía organizar el funeral en Dallas, Texas, ni la ceremonia en la India. A cada momento, la necesidad de planificar un futuro se volvía más acuciante, y sentía que me desmoronaba.
Un buen amigo
Era media mañana cuando mi amigo Mallik llegó con su esposa y sus dos hijas. Ella se sentó al lado de mi esposa mientras yo hablaba con él. Sus hijas, que el día anterior habrían estado jugando con Prakya, se quedaron sentadas en silencio junto a su madre.
«Lo siento mucho», dijo simplemente, y tardé un momento en comprender que eso era todo lo que había venido a decir. Entonces caí en la cuenta de que era uno de los pocos que no traía ninguna pregunta. Hasta ese momento, no me había percatado de la enorme tensión que había acumulado. Al sentirme un poco más tranquilo, pude expresar, en medio del constante ir y venir de la gente, lo que me rondaba por la cabeza: la imposibilidad de prepararme ni tan siquiera para el futuro inmediato. Él me escuchaba y, de vez en cuando, me planteaba alguna pregunta que me ayudaba a considerar qué estaba realmente en mis manos. Su serenidad, en medio de aquel torbellino emocional, me recordó algo que sabía de él: era una persona de fe, un budista. De hecho, en los últimos meses, había reparado varias veces en ello y había empezado a preguntarle cuándo y dónde podía asistir a una reunión de la Soka Gakkai, aunque todavía no me había tomado el tiempo necesario para participar.
«Hay una dentro de poco», me dijo antes de marcharse. «¿Por qué no vienes?»
En los días siguientes, todo se fue solucionando: recibimos el certificado de defunción y el cuerpo de nuestra hija. En julio viajamos a la India para esparcir sus cenizas, y regresamos a finales de mes. Llamé a Mallik en cuanto llegamos a casa, en Dallas. Ese septiembre, fuimos juntos, mi familia y la suya, a nuestra primera reunión de la Soka Gakkai, donde las personas que conocí me cautivaron de inmediato.
Profundizar en mi humanidad
Creo que es habitual, incluso instintivo, tomar distancia ante el sufrimiento de un desconocido. Sin embargo, en mi comunidad local de la Soka Gakkai encontré una disposición, incluso el deseo, de sobrellevar juntos esa carga. Al principio, no comprendía del todo el concepto budista de «convertir el veneno en medicina», pero entendí que todas las personas con las que hablaba habían logrado hacer precisamente eso en su vida.
Mientras recitaba por la felicidad de mi hija, empecé a verme a mí mismo tal y como ella me había visto: como alguien fuerte, digno de confianza, sabio y amable.
Por supuesto, mi dolor no desapareció. De vez en cuando, me sobrevenía un sentimiento de desesperación, por el recuerdo repentino de mi hija. Para ella, yo había sido la persona con quien podía contar incondicionalmente: para levantarle el ánimo cuando estaba triste, para estar a su lado en los momentos más importantes. Cuando me invadía esa sensación, comenzaba a recitar Nam-myoho-renge-kyo en mi corazón, llamaba a un amigo o leía un libro de Daisaku Ikeda. Uno de los ejemplares que me habían regalado se titulaba Develando los misterios del nacimiento y la muerte. En uno de sus pasajes se lee:
«Cuando nos empeñamos incesantemente en revelar nuestra naturaleza de Buda y en abrazar a las demás personas con el amor compasivo de un bodisatva, todo lo que nos sucede en la vida es alimento para nuestra iluminación. Entonces, los desastres nunca son meros desastres; y hasta una corta existencia puede ser tan fructífera como otra larga. La fe nos permite hallar un infinito significado en cada acontecimiento, bueno o malo».
Mientras recitaba por la felicidad de mi hija, empecé a verme a mí mismo tal y como ella me había visto: como alguien fuerte, digno de confianza, sabio y amable. Fue doloroso, pero a medida que atravesaba ese dolor, empecé a ver también algo más: que yo podía convertirme en una persona así para el mundo.
Vivir sin arrepentimientos

Aquel octubre, mi esposa y yo ingresamos en la Soka Gakkai. El verano siguiente, acepté una responsabilidad de liderazgo en mi organización local. Estaba decidido a apoyar a los demás para que pudieran experimentar la alegría de transformar el karma en misión, de convertir los desafíos de la vida en una fuente de propósito. Comenzamos a acercarnos a quienes llevaban mucho tiempo sin acudir a las reuniones y a entonar Nam-myoho-renge-kyo con ellos, y poco a poco, nuestra comunidad fue creciendo.
Nunca olvidaré la visita, en 2020, a un hombre que daba sus primeros pasos en la práctica budista. Agobiado por los remordimientos que arrastraba de una relación pasada, los enumeró uno tras otro. Mientras lo escuchaba, le hablé de mi hija y de los sentimientos que me había provocado su muerte. «Nuestras experiencias son diferentes», le dije, «pero el arrepentimiento no me es ajeno. El budismo me ha permitido vivir sin remordimientos, transformar todo veneno en medicina. Me ha enseñado a vivir en el presente, a partir de este momento en adelante». Por entonces, ya apoyaba a los miembros de una zona más amplia. Visitarlos y transmitir el budismo Nichiren a los demás me proporcionaba una gran alegría. A lo largo de cinco años, nuestra zona no dejó de crecer.
En mi trabajo, en mi familia, en mi comunidad… en todo lo que hago, puedo decir que me he vuelto más fuerte, más sabio, más abierto y más amable. Siento profundamente que la misión de mi hija fue hacer que mi familia despierte a la práctica del budismo Nichiren. Dos veces al año celebramos la vida de Prakya: el día de su cumpleaños y el de su fallecimiento. Aunque sería más exacto decir que honro su vida a cada momento del día, porque me hizo volver la mirada hacia el mundo y me enseñó a amarlo tal y como la amaba a ella; a esforzarme por ser para el mundo lo que una vez fui para ella.
Adaptado del artículo publicado en la edición del 4 de julio de 2025 de World Tribune, SGI-USA.





